Las industrias culturales y el debate sobre el entorno cambiante

Las industrias culturales y el debate sobre el entorno cambiante   progresismo digital

Publicado originalmente en el blog Agenda Digital de @AgenciaTELAM

La aparición de tecnologías siempre ha alterado la percepción de la humanidad respecto de sus medios naturales de supervivencia. Desde la rueda hasta el bluetooth, la construcción de dispositivos que suplieran el esfuerzo realizado en términos humanos por maquinarias o herramientas siempre ha sido bienvenido por las sociedades modernas.

Debemos aceptar también que estos procesos nunca se han desarrollado sin reticencias, antipatías y trabas por parte de aquellos sectores que fácilmente pueden ser denominados como conservadores, esos espacios que más allá de la circunstancia y el posicionamiento ideológico, siempre se han sentido más cómodos con lo establecido que con lo que viene.

El 26 de abril se celebra el “día de la propiedad intelectual”, momento que sin lugar a dudas nos permite hacer lugar a alguna reflexión sobre como las denominadas nuevas tecnologías o nuevos medios afectan el motivo de este día que hoy no pretendemos dejar pasar inadvertido.

Hoy la confluencia de tecnología con accesibilidad, abre la puerta a una serie de disyuntivas complejas de resolver en función de los contenidos culturales, sus consumidores, sus productores y los métodos de distribución. Algunos conceptos que hasta hace algunos años han sido estancos respecto de su propia interpretación entran en conflicto con la lógica de internet.

Las descargas directas y el streaming en sus diferentes formas han alterado el funcionamiento natural del mercado editorial, discográfico, fílmico, entre otros. Herramientas como iTunes o Netflix han logrado de alguna forma aportar la tan deseada monetización que se ha ido filtrando a través de los agujeros de las descargas ilegales de contenidos de autor.

Las leyes de propiedad intelectual, como cualquier marco legal, deben ser acordes a la realidad imperante en los mercados y la sociedad en la cuál están insertas. Hoy debemos sincerarnos en esta discusión y comenzar a plantear la necesidad de una reforma en este sentido, teniendo en cuenta la faltante de nuevas herramientas legales que deben acompañar este replanteo de la industria.

El rol de los intermediarios digitales toma un peso específico más que relevante al entrar en el centro de la discusión sobre las responsabilidades legales que tienen las empresas o servicios sobre lo que sus usuarios comparten. En nuestro país hay dos casos que se encuentran en la Justicia en este momento que traen este tema a la mesa, obviamente nos referimos al caso Taringa! y el caso Cuevana.

Este debate todavía no ha tomado un rol preponderante en la opinión pública en Argentina, pero algunos hechos internacionales, como la fallida ley SOPA o PIPA en los Estados Unidos han acercado algunas opiniones encontradas sobre la posible resolución de estos conflictos.

En este sentido, entonces, debemos reconocer que el marco legal no está a la altura de las circunstancias y la convergencia y aparición de plataformas en forma casi constante se convierte en un fenómeno cuyo ritmo vertiginoso no es alcanzado por las instituciones encargadas de regular su funcionamiento comercial, mucho menos las implicancias legales.

Un caso que me interesa destacar como ejemplo de esto. Cuando como parte de las políticas de restricción a las importaciones se publicaron las medidas para arancelarias que restringían el acceso de libros, aquellos poseedores de iPads, Kindles u otros medios de consumo de contenidos digitales podían pasar esta barrera fácilmente comprando las versiones digitales de los libros.

Por suerte esta política luego fue revertida, pero esta es una demostración de que los contenidos son accesibles de diferentes formas, y que sin lugar a dudas, con mayor o menor nivel de sofisticación, los consumidores terminan encontrando las formas de escabullirse (a veces legal y otras ilegalmente) para llegar a obtenerlos.

Las industrias de contenidos, sea el formato que sea, hoy están pasando por un proceso de crisis en varios aspectos, fundamentalmente en la visión comercial o de monetización de sus productos, con un gran énfasis respecto a las cambiantes lógicas de distribución y consumo.

Concluyendo, es innegable a esta altura que la incorporación de las tecnologías de la información y la comunicación a nuestra vida cotidiana nos ubica viviendo una época de transición en términos socioculturales. Y como todo período donde lo nuevo toma forma para dejar lo viejo detrás, probablemente esto implique una reconfiguración de los actores del mercado de contenidos, una necesaria redefinición del marco legal al respecto, y una inevitable discusión pública sobre las implicancias de esto sobre los autores, productores y artistas cuyos contenidos son el eje del debate.

Moreno, con los libros no…

Moreno, con los libros no...    sociedad

En estos días que han pasado, ha tomado relevancia nacional (e internacional) un hecho no menor que proviene de la nunca suficientemente ponderada Secretaria de Comercio Interior conducida rigurosamente por nuestro querido Guillermo Moreno. Si, el mismo que definía los cuatro kirchnerismos hace unos días.

El hecho puntual se remite a una nueva barrera para arancelaria, un lindo concepto que aprendí en mi primer año de Economía, que en este caso quiere decir más o menos que restringimos la salida de divisas al poner condiciones no impositivas en un mercado en particular. Hoy le toca al mercado del conocimiento.

Y digo del conocimiento porque los libros no son ladrillos, o ropa, cosas que se usan. Son transporte de ideas, de investigaciones, de herramientas intelectuales. Son uno de los pocos escalones a los que podemos (podíamos) acceder fácilmente para alcanzar el progreso como personas, y por derrame como sociedad.

Pero no,  ya cualquier acción en pos de reconstruir la matriz macroeconómica de este “modelo” de gasto continuo, es válida. Con tal de frenar la salida de dólares, cada vez son más las industrias que se ven en jaque luego que la mano de Moreno (que de invisible no tiene nada) pase con sus lápices rojos por las listas de importaciones.

Más allá del marco económico sobre el cuál se contrapesan los fundamentos de esta acción, lo complejo es el impacto cultural, intelectual y académico que esto implica. Porque más allá de que no se cerró del todo la entrada, las nuevas condiciones para poder acceder a un libro importado alteran el funcionamiento natural del mercado.

¿Que pasa con los suscriptos a revistas especializadas? ¿Y las revistas académicas? ¿Y con aquellos que estudiamos carreras o posgrados cuyos textos no se editan en este país? De a poco se mediatizan este tipo de externalidades, porque está claro que la demanda sigue existiendo, y por suerte que así es.

El problema es que cuando no hay oferta, pero si hay demanda lo que aparecen son los mercados negros, las oportunidades para que los más vivos (y muchas veces amigos del poder) se aprovechen. Porque Taringa! tampoco es la solución, esta claro.

Particularmente en mi caso soy un asiduo comprador de libros a través de sitios como Amazon, o a editoriales de otros países directamente. Y no es porque no me gusten las ediciones locales, o las traducciones hechas en mi país, es porque no se editan aquí.

Tristemente hay atajos, hay herramientas como el Kindle que nos permitirán a algunos pocos seguir accediendo a algunos fragmentos de todo eso que se dice y escribe por ahí. ¿Pero cuanta gente no podrá?